Suelo Arcilloso: qué es, qué cultivar y cómo mejorar el suelo
27 mar. 2020

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Suelo Arcilloso: qué es, qué cultivar y cómo mejorar el suelo

Qué es realmente el suelo

El suelo es uno de las principales variables que afectan a la salud y el vigor de nuestros cultivos, junto con la luz, el clima y el agua. Podríamos definirlo como un sistema abierto, policomponente y polifásico; lo que significa que intercambia materia y energía con su entorno. Está compuesto por multitud de moléculas orgánicas e inorgánicas y, además, se distinguen en él claramente 3 fases; que son la gaseosa (los huecos que no están rellenos de agua se encuentran ocupados por aire, algo esencial teniendo en cuenta que las raíces necesitan oxígeno para transportar los nutrientes hacia la planta), la líquida (principalmente agua) y la sólida.

Su evolución en el tiempo se deriva de fenómenos biológicos, geológicos e hidrológicos producidos por la continua influencia de los distintos organismos que habitan en él, las precipitaciones y la lixiviación de los productos de las diferentes reacciones químicas. Esto nos lleva a concluir que el suelo está considerado, de hecho, como un recurso no renovable a efectos prácticos, ya que su tasa de renovación es pequeñísima en relación a la escala temporal humana.

Qué características del suelo afectan a las plantas

Los suelos tienen multitud de características físicas y químicas en base a las cuales pueden ser clasificados. La ciencia que se encarga de estudiarlos se denomina edafología, y este análisis previo es indispensable a la hora de elegir un emplazamiento adecuado para el tipo de cultivo que queremos desarrollar.

Los factores más importantes del suelo que afectan a la agricultura son, quizás, el drenaje, la textura, la estructura, la porosidad, la profundidad y, por último, su composición química; de la que dependen otra serie de elementos como el pH, cantidad de materia orgánica que poseen, etc.

Los suelos arcillosos

El suelo está compuesto por una serie de partículas cuyo tamaño varía considerablemente. En un extremo de la curva nos encontramos con las piedras y las gravas, que son las de mayor tamaño. Acto seguido nos encontraríamos con las arenas, después con las arcillas, y por último con los limos. De dicho tamaño depende mucho la capacidad del suelo de retener el agua, siendo las texturas más gruesas las que la pierden con más facilidad. Las más finas, como las arcillosas, retienen mucha agua y dejan poco espacio a la fase gaseosa, lo que puede producir problemas de encharcamiento y asfixia de las raíces. Cabe matizar que un suelo nunca suele tener solo un tipo de partículas, sino que posee una mezcla de todas ellas.

Aunque los suelos arcillosos tengan esa tendencia a la inundación, y suelan formar apelmazamientos de tierra difíciles de atravesar por las raíces, también son buenos reteniendo nutrientes. Esto es debido a que la arcilla tiene carga negativa, que a su vez atrae a los cationes con carga positiva como el calcio, el magnesio, el hierro o el aluminio, a los cuales se pegan las moléculas orgánicas por tener carga negativa. Estas agrupaciones de compuestos reciben el nombre de complejos arcillo-húmicos, y son muy importantes en la nutrición vegetal.

Otros factores negativos de los suelos arcillosos son la expansión y contracción de su volumen debido a la retención hídrica, que puede producir problemas en raíces y semillas. También tardan mucho en calentarse, lo cual ralentiza la velocidad de germinación de las plantas.

Cómo mejorar un suelo arcilloso

Si nuestro suelo tiene las características arriba mencionadas, podemos mejorar su calidad llevando a cabo una serie de acciones específicas. En el caso de los suelos arcillosos lo mejor es añadirles año tras año materia orgánica en forma de compost, para lograr que sean más esponjosos y aireados. También viene bien mezclarlos con arenas u otros elementos que ayuden a aumentar su permeabilidad, con el fin de impedir una excesiva retención de agua. Estas acciones permitirán poco a poco conseguir un sustrato más productivo y apto para el laboreo, lo que repercutirá directamente en la cantidad y calidad de las cosechas que en un futuro obtengamos.

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